¿Qué pasa con los chicos?
El machismo es una capa mágica,
una coartada perfecta, la unción de la Gracia. Lo tapa todo y a la vez realza a
quien la lleva. Te hace invisible y visible a la vez, algo que ni soñaron los más
poderosos magos. Es además una capa que te dan al nacer, como si los reyes
magos hubieran añadido ese don a sus preciosos regalos. Oro, incienso, mirra y
vivir sin sentir vergüenza.
¿Es un don no sentir vergüenza?
Sí, la vergüenza es la más terrible de las pasiones, la más violenta. No hay
peores pesadillas en la infancia que aquellas en las que vamos en pijama a
clase o salimos a la calle sin ropa hasta que las burlas nos hacen darnos cuenta
de que estamos desnudos. Las humillaciones corporales, los comentarios sobre los
nacientes pechos o la regla, la violencia de los más fuertes hacia los débiles,
las burlas por no ser lo bastante hombre o lo bastante mujer (es decir, estar
buena), son las peores experiencias del patio del colegio. Hace falta mucha
confianza en uno mismo para superarlas.
La vergüenza de las mujeres es
social y externa. Es una represión brutal y publicitada de la sexualidad, del
deporte, del riesgo, que lleva a contener, moldear y adiestrar el cuerpo
femenino. La vergüenza de los hombres es indecible. Entrenados para el riesgo,
el deporte, la sexualidad, la violencia contra ellos y entre ellos tiene como
premio el poder, pero a cambio tienen que disimular y reprimir, no sus
nacientes pechos, sino su temor a los otros hombres, su proximidad a las
mujeres, su debilidad o su excesiva sensibilidad. Lo chicos, en la rivalidad y
la emulación por ser y parecerse entre sí, y alejarse de las chicas, se acercan
demasiado, se admiran demasiado. ¿Cómo desear a la hembra denostada y no amar
al compañero querido y admirado? Por eso machismo y homofobia son una misma
cosa. Como decía Shulamith Firestone en un capítulo genial sobre el amor, la
idealización de la mujer es un paso necesario para desear a quien consideras
inferior.
Ana Montejo dice que la vergüenza
masculina empezó cuando los homínidos empezaron a caminar sobre dos patas y
dejaron al descubierto lo que muchas culturas llaman “las vergüenzas”. Esa
exposición selló la suerte de las mujeres, que tuvieron que someterse y callar
sus burlas para que los hombres no se avergonzaran y pudieran convertir su pene
en orgullo y demostración de fuerza. Toda la estructura del patriarcado -que no
es sino exagerado respeto al varón- nace en ese momento.
Y ahora vuelven a estar desnudos.
No física, sino moralmente. La estructura del género no cubre ya las
vergüenzas. Para las mujeres es un terreno ambiguo, pues la interpretación de
las intenciones del otro -que antes resolvía el cortejo, el matrimonio, el
cotilleo, la represión- se ha vuelto imposible. Las chicas exigen transparencia
en la intimidad, es decir desnudez, que nada se de por hecho, que los
argumentos y sentimientos se expongan. Que el sí sea sí. Para los hombres supone
hacerse cargo de su vida, de sus intenciones y moralidad, por sí mismos, sin la
gracia y el perdón recibidos al nacer.
¿Cómo no van a frustrarse y a rebelarse
los chicos si además esos dones eran invisibles y no exigían violencia alguna,
simplemente les habían sido otorgados como parte de su naturaleza? El feminismo
aparece como un segundo momento evolutivo: obligados a estar de pie otra vez,
expuestos al juicio social y al auto conocimiento, dos dones -envenenados- que
siempre fueron patrimonio de las mujeres.