jueves, 22 de enero de 2026

 

¿Qué pasa con los chicos?

 

El machismo es una capa mágica, una coartada perfecta, la unción de la Gracia. Lo tapa todo y a la vez realza a quien la lleva. Te hace invisible y visible a la vez, algo que ni soñaron los más poderosos magos. Es además una capa que te dan al nacer, como si los reyes magos hubieran añadido ese don a sus preciosos regalos. Oro, incienso, mirra y vivir sin sentir vergüenza.

¿Es un don no sentir vergüenza? Sí, la vergüenza es la más terrible de las pasiones, la más violenta. No hay peores pesadillas en la infancia que aquellas en las que vamos en pijama a clase o salimos a la calle sin ropa hasta que las burlas nos hacen darnos cuenta de que estamos desnudos. Las humillaciones corporales, los comentarios sobre los nacientes pechos o la regla, la violencia de los más fuertes hacia los débiles, las burlas por no ser lo bastante hombre o lo bastante mujer (es decir, estar buena), son las peores experiencias del patio del colegio. Hace falta mucha confianza en uno mismo para superarlas.

La vergüenza de las mujeres es social y externa. Es una represión brutal y publicitada de la sexualidad, del deporte, del riesgo, que lleva a contener, moldear y adiestrar el cuerpo femenino. La vergüenza de los hombres es indecible. Entrenados para el riesgo, el deporte, la sexualidad, la violencia contra ellos y entre ellos tiene como premio el poder, pero a cambio tienen que disimular y reprimir, no sus nacientes pechos, sino su temor a los otros hombres, su proximidad a las mujeres, su debilidad o su excesiva sensibilidad. Lo chicos, en la rivalidad y la emulación por ser y parecerse entre sí, y alejarse de las chicas, se acercan demasiado, se admiran demasiado. ¿Cómo desear a la hembra denostada y no amar al compañero querido y admirado? Por eso machismo y homofobia son una misma cosa. Como decía Shulamith Firestone en un capítulo genial sobre el amor, la idealización de la mujer es un paso necesario para desear a quien consideras inferior.

Ana Montejo dice que la vergüenza masculina empezó cuando los homínidos empezaron a caminar sobre dos patas y dejaron al descubierto lo que muchas culturas llaman “las vergüenzas”. Esa exposición selló la suerte de las mujeres, que tuvieron que someterse y callar sus burlas para que los hombres no se avergonzaran y pudieran convertir su pene en orgullo y demostración de fuerza. Toda la estructura del patriarcado -que no es sino exagerado respeto al varón- nace en ese momento.

Y ahora vuelven a estar desnudos. No física, sino moralmente. La estructura del género no cubre ya las vergüenzas. Para las mujeres es un terreno ambiguo, pues la interpretación de las intenciones del otro -que antes resolvía el cortejo, el matrimonio, el cotilleo, la represión- se ha vuelto imposible. Las chicas exigen transparencia en la intimidad, es decir desnudez, que nada se de por hecho, que los argumentos y sentimientos se expongan. Que el sí sea sí. Para los hombres supone hacerse cargo de su vida, de sus intenciones y moralidad, por sí mismos, sin la gracia y el perdón recibidos al nacer.  

¿Cómo no van a frustrarse y a rebelarse los chicos si además esos dones eran invisibles y no exigían violencia alguna, simplemente les habían sido otorgados como parte de su naturaleza? El feminismo aparece como un segundo momento evolutivo: obligados a estar de pie otra vez, expuestos al juicio social y al auto conocimiento, dos dones -envenenados- que siempre fueron patrimonio de las mujeres.