miércoles, 17 de diciembre de 2025

 

 MALESTAR E IDEOLOGÍA

 ¿Hay que escuchar a los que no nos respetan? ¿Hay que discutir con hombres que escriben un libro sobre las denuncias falsas de las mujeres y su reguero de víctimas masculinas y llaman “Charos” a las expertas en violencia? ¿Hay que intentar convencer a los jóvenes que acusan a menores no acompañados de robar y agredir? ¿Hay que hacer caso a las feministas que consideran que las mujeres transexuales no son mujeres y que hablan del “borrado” de las mujeres realmente existentes?

¿Con quien hay que discutir y en qué marco? Estas paradojas pueden ampliarse a la actitud democrática ante la extrema derecha. ¿Hay que entrar en sus ideas para rebatirlas, ofrecer datos sabiendo que ellos se alimentan de nuestra frustración y cansancio democrático, que nos provocan para demostrar que el mundo lo gobiernan élites progres engreídas y aburridísimas? ¿Hay que desmentir que la tierra es plana, que las vacunas llevan chips, que la DANA la provocó Marruecos, que la agenda 2030 se hizo contra las vacas y los cerdos y los pantanos de España? ¿Hay que llamar idiotas a los que niegan la ciencia y llaman a su vez idiotas a las obedientes ciudadanas que se ponen mascarilla cuando lo dice la autoridad sanitaria? ¿Todos idiotas? (Menos la IA).

¿Cómo hemos llegado a este punto?  Propongo una distinción que igual nos sirve para salir del atolladero.  Hay que respetar el malestar. No siempre es fácil ni justo, pero negarlo es como negar el famoso elefante en la habitación. ¿Qué es, de donde proviene? María Álvarez dice que hay tanta gente enfadada porque tenemos conceptos e instituciones del siglo XX en un mundo que ha cambiado radicalmente: ni el Estado, ni el capitalismo, ni la familia, ni el género conservan su poder de explicar y de ordenar y de redistribuir. Ante esta ola revolucionaria[1], mucha gente, toda la que no disfruta de sus ganancias, se siente perdida o cabreada.

La señora que ha visto cómo su barrio popular se ha llenado de tiendas, acentos y jóvenes de otros países mientras sus vecinas de siempre se marchaban o se morían. Los chicos jóvenes que contaban con la estructura del género para sostener y tapar su debilidad o sus conflictos y ahora tienen que hacerse cargo de sus comportamientos, que pueden ser juzgados como han sido juzgados siempre los de las mujeres. Los campesinos que no paran de escuchar una jerga burocrática sobre el destino de su ganado, o de sus tierras, mientras el dinero, el prestigio y la cultura siguen huyendo hacia las ciudades, vaciando sus pueblos. Los hijos de la clase obrera que han abrazado el consumo ante la falta de otras vías de integración más estables, pero sienten que nunca podrán tener una vida cosmopolita y próspera que exige dos másteres e idiomas. Podemos seguir mucho tiempo con ejemplos. Ni clase, ni género, ni nación sostienen y amparan las vidas individuales que quedan a la intemperie.

¿Hay que ignorarlos y mostrar sorpresa ante su enfado y su frustración? El malestar debe tomarse políticamente muy en serio. No tiene articulación clara porque no lo tiene nada en este momento de intenso cambio social. No se puede exigir un programa de lucidez y autoconciencia a los ciudadanos que hacemos lo que podemos. Nadie tiene un programa. Y si lo tiene, es porque es antiguo y no va a servir para el momento presente.

Otra cosa es la ideología, tal como se presenta ahora: una idea que sigue una lógica. “La lógica de una idea” llamaba Arendt al totalitarismo. La fuente de esa idea o su relación con la verdad no importan, porque una vez que se pone en marcha, ofreciendo una explicación a tanto desorden, o mostrando el humor de la Historia, o recogiendo fragmentos de malestar para amalgamarlos en una frase genial por su misma estupidez, te obliga a mirarla, a no ignorarla: España es una dictadura, las corporaciones nos vigilan, la vida eterna es posible en Marte, etc. Frente a la contradicción y la complejidad, “soluciones”: deportar a siete millones de ciudadanos nacidos fuera.  No hay vínculo racional entre el malestar de la vecina y esa barbarie, sino pequeños pasos con la misma lógica: el barrio está sucio, es inseguro, nadie te habla ni te ayuda, las becas de comedor se las dan a los moros, el Estado nos ha abandonado, estamos siendo remplazados. Cuánto más fantasioso, mejor, porque así la idea no tiene que contrastarse con la realidad, ese aburrimiento, sino que vuela sola, de clic en clic, proporcionando satisfacción.

Cada paso tiene un elemento de realidad, sin contexto, y el subtexto -hay demasiada gente de fuera y nos han abandonado a los españoles-, se va afirmando. Se puede aplicar lo mismo a cualquier discurso anti-élites, antifeminista, anticientífico, tránsfobo, etc.

De modo que creo que hay que combatir la ideología cuando está cuajada, pero hay que atender al malestar todo el tiempo, escuchar la fragilidad de la vecina que se ha quedado sola en el barrio, el hombre joven que “tiene miedo de que le acusen de agresión sexual”, el campesino harto de oír que su conocimiento no es válido. Hay que dejar de llamar fascista a todo el mundo. Y hablar con todo el mundo, exactamente lo opuesto de lo que ahora hacemos.

Propongo que, en la próxima cena navideña, en lugar de esforzamos en no oír lo que está diciendo el sobrino para provocar a los boomers y a las charos, aceptemos que hay que discutir con él, y que el menú de moda es la carne de elefante, trinchada para servirse en todos los comedores de España.



[1] ¿O es reaccionaria? Siempre he pensado que un revolucionario es un reaccionario con una sensibilidad moderna.

sábado, 6 de diciembre de 2025

 

POR QUÉ ODIO LA CIENCIA FICCIÓN

El futuro es reaccionario. El pasado no lo es. El futuro es reaccionario porque es ideológico. Solo puede pensarse de dos maneras: individualmente como fantasía. Es la ciencia ficción. Colectivamente, como ideología, es la revolución. Ambas se caracterizan porque una sola mente imagina. El escritor o escritora de CF proyecta sus ideas y construye o diseña (horrible palabra) todo: cómo se organiza una sociedad, en qué paisaje, con qué tecnología, etc. Por inteligente que sea y por buen escritor que resulte, su mundo siempre será pobre, y siempre determinista.

El futuro colectivo es más interesante pero igualmente pobre: la sociedad comunista, el reino de Dios en la tierra, la igualdad vegana de las especies, o sus versiones distópicas, el colapso, el cambio climático, el fin del mundo, me hacen bostezar. Movilizan a muchas personas y a veces logran que la realidad se acople. Ha habido revoluciones basadas en ideas, qué duda cabe, pero su descripción inicial siempre ha sido penosamente pobre. Marx es un historiador genial y un mal oráculo.

Por el contrario, el pasado es asombroso y está totalmente abierto. Todo lo que sucedió podía no haber sucedido y mucho de lo que no sucedió, sucederá. Eso es una fantasía, como dicen ahora los jóvenes. Uno puede sumergirse en cualquier periodo y empezar a imaginar cómo fue, cómo pudo ser, qué será en el futuro, que hilos de oro, tendencias ocultas, corrientes subterráneas, saldrán a la luz o seguirán secretas. Y lo mismo puede decirse de la propia vida, una fuente inagotable de pensamiento y de cambio, frente a la aridez del futuro que uno imagina, que siempre es más de lo mismo, salvo que nos toque la lotería, versión mundana de la revolución. Para entender la Historia y la propia biografía, hace falta mucha imaginación. La imaginación es la herramienta del historiador, la fantasía es la herramienta del revolucionario y del escritor de ciencia ficción (y de todos los dictadores, dicho sea de paso). La imaginación es la capacidad de hacer vivir, de revivir lo que ya no está y es múltiple en sus posibilidades, en sus variantes; la fantasía es la capacidad de seguir una idea hasta sus últimas consecuencias (al final está la muerte, normalmente de otros).

La razón por la que el pasado es libre es porque nunca lo hace o lo piensa una única mente, individual o colectiva. Su pluralidad radical convierte cualquier determinismo en falso, sabotea cualquier plan de los dioses o de los poderosos, recita su único mantra “nada está escrito”. Por eso, si odio la ciencia ficción, odio mucho más la fantasía histórica, que es la ciencia ficción del pasado. Esa es reaccionaria siempre, señores del anillo, y otros melindres que aplican una moral sobre la Historia, que nunca se hace para enseñarnos nada, solo faltaría. Poner orden en el futuro es ridículo pero humano. Poner orden en el pasado es un crimen pues aplica el bostezo a la vida más alegre que existe y al pensamiento más libre.