MALESTAR E IDEOLOGÍA
¿Con quien hay que discutir y en
qué marco? Estas paradojas pueden ampliarse a la actitud democrática ante la
extrema derecha. ¿Hay que entrar en sus ideas para rebatirlas, ofrecer datos
sabiendo que ellos se alimentan de nuestra frustración y cansancio democrático,
que nos provocan para demostrar que el mundo lo gobiernan élites progres
engreídas y aburridísimas? ¿Hay que desmentir que la tierra es plana, que las
vacunas llevan chips, que la DANA la provocó Marruecos, que la agenda 2030 se
hizo contra las vacas y los cerdos y los pantanos de España? ¿Hay que llamar
idiotas a los que niegan la ciencia y llaman a su vez idiotas a las obedientes
ciudadanas que se ponen mascarilla cuando lo dice la autoridad sanitaria?
¿Todos idiotas? (Menos la IA).
¿Cómo hemos llegado a este punto?
Propongo una distinción que igual nos
sirve para salir del atolladero. Hay que
respetar el malestar. No siempre es fácil ni justo, pero negarlo es como negar
el famoso elefante en la habitación. ¿Qué es, de donde proviene? María Álvarez
dice que hay tanta gente enfadada porque tenemos conceptos e instituciones del
siglo XX en un mundo que ha cambiado radicalmente: ni el Estado, ni el
capitalismo, ni la familia, ni el género conservan su poder de explicar y de
ordenar y de redistribuir. Ante esta ola revolucionaria[1],
mucha gente, toda la que no disfruta de sus ganancias, se siente perdida o
cabreada.
La señora que ha visto cómo su
barrio popular se ha llenado de tiendas, acentos y jóvenes de otros países
mientras sus vecinas de siempre se marchaban o se morían. Los chicos jóvenes
que contaban con la estructura del género para sostener y tapar su debilidad o
sus conflictos y ahora tienen que hacerse cargo de sus comportamientos, que
pueden ser juzgados como han sido juzgados siempre los de las mujeres. Los
campesinos que no paran de escuchar una jerga burocrática sobre el destino de
su ganado, o de sus tierras, mientras el dinero, el prestigio y la cultura
siguen huyendo hacia las ciudades, vaciando sus pueblos. Los hijos de la clase
obrera que han abrazado el consumo ante la falta de otras vías de integración más
estables, pero sienten que nunca podrán tener una vida cosmopolita y próspera
que exige dos másteres e idiomas. Podemos seguir mucho tiempo con ejemplos. Ni
clase, ni género, ni nación sostienen y amparan las vidas individuales que
quedan a la intemperie.
¿Hay que ignorarlos y mostrar
sorpresa ante su enfado y su frustración? El malestar debe tomarse
políticamente muy en serio. No tiene articulación clara porque no lo tiene nada
en este momento de intenso cambio social. No se puede exigir un programa de
lucidez y autoconciencia a los ciudadanos que hacemos lo que podemos. Nadie
tiene un programa. Y si lo tiene, es porque es antiguo y no va a servir para el
momento presente.
Otra cosa es la ideología, tal
como se presenta ahora: una idea que sigue una lógica. “La lógica de una idea”
llamaba Arendt al totalitarismo. La fuente de esa idea o su relación con la
verdad no importan, porque una vez que se pone en marcha, ofreciendo una
explicación a tanto desorden, o mostrando el humor de la Historia, o recogiendo
fragmentos de malestar para amalgamarlos en una frase genial por su misma
estupidez, te obliga a mirarla, a no ignorarla: España es una dictadura, las
corporaciones nos vigilan, la vida eterna es posible en Marte, etc. Frente a la
contradicción y la complejidad, “soluciones”: deportar a siete millones de
ciudadanos nacidos fuera. No hay vínculo
racional entre el malestar de la vecina y esa barbarie, sino pequeños pasos con
la misma lógica: el barrio está sucio, es inseguro, nadie te habla ni te ayuda,
las becas de comedor se las dan a los moros, el Estado nos ha abandonado, estamos
siendo remplazados. Cuánto más fantasioso, mejor, porque así la idea no tiene
que contrastarse con la realidad, ese aburrimiento, sino que vuela sola, de
clic en clic, proporcionando satisfacción.
Cada paso tiene un elemento de
realidad, sin contexto, y el subtexto -hay demasiada gente de fuera y nos han
abandonado a los españoles-, se va afirmando. Se puede aplicar lo mismo a
cualquier discurso anti-élites, antifeminista, anticientífico, tránsfobo, etc.
De modo que creo que hay que
combatir la ideología cuando está cuajada, pero hay que atender al malestar
todo el tiempo, escuchar la fragilidad de la vecina que se ha quedado sola en
el barrio, el hombre joven que “tiene miedo de que le acusen de agresión
sexual”, el campesino harto de oír que su conocimiento no es válido. Hay que
dejar de llamar fascista a todo el mundo. Y hablar con todo el mundo,
exactamente lo opuesto de lo que ahora hacemos.
Propongo que, en la próxima cena
navideña, en lugar de esforzamos en no oír lo que está diciendo el sobrino para
provocar a los boomers y a las charos, aceptemos que hay que discutir con él, y
que el menú de moda es la carne de elefante, trinchada para servirse en todos
los comedores de España.
[1] ¿O es
reaccionaria? Siempre he pensado que un revolucionario es un reaccionario con
una sensibilidad moderna.